30 de diciembre de 2012

H. Müller: El hombre es un gran faisán en el mundo


Herta Müller: El hombre es un gran faisán en el mundo.
Siruela, traducción de Juan José del Solar.

Desconcierta penetrar caminos extraños, confundir los puntos cardinales, dejar de tocar tierra, ignorar adónde vas.

El hombre es un gran faisán… no es una obra fácil. Es una senda sinuosa y escarpada por la que se avanza de lado con recelo y aprensión. Una novela labrada con astillas, cortada por un hacha que degüella animales y guillotina sin escrúpulos manos, bocas, dedos, pies.

Rumanía y la guerra y el sexo y los sueños y el hambre. El hombre es un gran faisán… es un texto rocoso, entrecortado, formado por versos fantasma que acechan desde las páginas sometiéndolo todo a un fatal maleficio.

Herta Müller agita con su prosa vientos inhóspitos en los que la poesía es la gran anfitriona. Donde el ser humano es un gran faisán, un fracaso; y la miseria, la prisión de todas las cosas.

23 de diciembre de 2012

C. Hitchens: Mortalidad


Christopher Hitchens: Mortalidad.
Debate. Traducción de Daniel Gascón.

Christopher Hitchens fue un brillante orador y un autor plural y prolífico. Falleció de cáncer de esófago en diciembre de 2011, pero mientras habitó Villa Tumor (sic), continuó escribiendo. Algunas de sus reflexiones fueron recogidas en esta obra inconclusa, Mortalidad.

Más allá del ateísmo, Hitchens se considera a sí mismo antiteísta: creer en un ser supremo es una idea totalitaria que destruye la libertad individual. Y más allá de la muerte digna, cavila sobre la situación de no haber muerto: el nivel de atenciones médicas no tiene precedentes pero, por ello, se sufre obligatoriamente por más tiempo.

Atacado por el dolor, recuerda a Nietzsche y se ríe de su voluntad de poder. El sufrimiento agudo te aniquila, no te hace más fuerte. El poder, la gloria (si los hay), aparecen solo en los intervalos libres de lucha y de tormento.

Junto con la pérdida de facultades mentales, lo más duro para Hitchens es la pérdida de voz, que vincula íntimamente con la identidad y la vida: «Como ocurre con la salud, la pérdida de la voz no puede imaginarse hasta que se produce». Sin duda hay voces poco atractivas, entonaciones molestas, mensajes inútiles, sonidos agresivos. Perder la voz es dejar de contribuir a ese ruido, pero también dejar de ser quien eres, dejar de ser alguien. Lo inaudible está muy cerca de lo invisible.

Morir de enfermedad es, al cabo, lo que una persona sana hace a un ritmo más lento. Lo importante, «escapar de la ilusión vana antes que de cualquier otra cosa».

El libro carece de despedida formal y finaliza con un epílogo de su esposa. Agrego estas palabras: Solo quiero una puerta cerrada. / Una puerta cerrada / y un poco de silencio(Anónimo)

16 de diciembre de 2012

A. García Morales: La tía Águeda


Adelaida García Morales: La tía Águeda
Anagrama.

Había música en su nombre, Adelaida García Morales, una suerte de énfasis lírico en sus sílabas fuertes. Había también unos ojos hermosos, ausentes, y un rostro de huesos marcados, cautivador y misterioso como sus novelas y cuentos.

Me gustaba mucho García Morales y leí, en los noventa, cuanto publicó. Conmigo tengo La tía Águeda —mudanzas y bibliotecas sucesivas me han impedido la posesión de muchos libros— y releerlo supone encontrar, de nuevo, la literatura perfecta, la literatura que se desea escribir, la que no se escribe porque ya está escrita.

Una obra inquietante, hipnotizadora. Un lenguaje parco que cae como un martillo. Una voz contenida como su pelo tirante recogido bajo la nuca. Personajes secos, atmósferas opresoras de aire denso. Niños inteligentes, sensibles e introvertidos como los de Ana María Matute, en cuyas obras el pavor también se destila entre líneas.

Cavar hacia lo hondo, hacia el interior de uno mismo. Destapar misterios y pasiones, bucear por los fondos acuosos sobre los que flotan nuestras composturas, nuestro estar en el mundo, nuestro supuesto entendimiento.

No hay reflexiones filosóficas, ella cuenta algo «evitando que el lector se tropiece con las palabras». La introspección emana de los hechos, de los gestos, de lo dicho y lo callado, del silencio.

Desde 2001 (Una historia perversa, Planeta), no se oye su voz. Ojalá volvamos a escucharla. O a conformarnos, al menos, con volver a ella.

9 de diciembre de 2012

V. Luiselli: Papeles falsos


Valeria Luiselli: Papeles falsos.
Sexto Piso.

Sucumbí a su talento. Cuando leí Los ingrávidos (Sexto Piso), su novela de «aliento corto», creí que no se podía ser tan joven y escribir de ese modo magistral.

No sé si Papeles falsos, su obra anterior, es mejor. Es distinta. Porque no es novela, son ensayos, unos ensayos que duelen de tan bellos. Pensamientos ajenos a leyes newtonianas. Crónicas que ahogan el latido cardiaco y seducen sin remedio.

La escritura de Luiselli es un vuelo suave lleno de objetos preciosos. Leerla, caminar por las piedras de un río colmado de alimento. Río, rúa. No me quedó claro el significado de saudade, eje central de “Dos calles y una banqueta”. En un viaje a Lisboa busco la Rua da Saudade, pero hallo su probable sentido junto a un cadáver tendido en la catedral: «Muita saudade de Elisa, João e filhos». La muerte también habla, también explica.

Escribir es hacer huecos para no encontrar nada, dice Luiselli. Escribir es repartir vacíos y silencios. 

Cualquier cosa que yo añada es un estorbo.
Escribir, se me ocurre: un estorbo autoimpuesto.

2 de diciembre de 2012

F. Aramburu: Los peces de la amargura


Fernando Aramburu: Los peces de la Amargura
Tusquets Editores.


Destierro memorias de un norte de luz mortecina. Un norte situado más al sur de donde ahora me encuentro pero más lúgubre, más áspero, punzante como hojas de acebo. Un lugar extraño donde la discrepancia, el libre pensamiento o el ejercicio de ciertas profesiones eran respondidos con el silencio, con el desprecio, con amenazas, con muerte. Un lugar donde se decía poco y el miedo todo lo aplastaba.

Los peces de la amargura nos acercan el día a día en ese territorio. Un puñado de historias protagonizadas por gente corriente y penetradas por la inteligencia de quien sabe bien de lo que habla. Cuesta aceptar eso: que la vida era, que a lo mejor sigue siendo, así, «triste». Triste y dicotómica: con el pueblo o contra el pueblo. Una vida violenta. “Golpes en la puerta”, narrado desde la voz de un preso que antes fue niño, estremece.

El terror es un monstruo movedizo: narices, mandíbulas, pieles, voces, miradas, imposiciones perversas. No se arrepiente ni se echa atrás: se cree justificado. Tampoco aspira a entender nada pero impone, adoctrina, organiza, insulta, dispara, mata.

Sin quererlo, un recuerdo se cuela por mi puerta. Tren nocturno desde Sevilla. Comparto camarote con un señor mayor; culto, de hablares pausados y mente inquieta. «¿Qué le lleva a usted al Norte?», pregunté en algún momento. Me mostró un recorte de periódico: «Voy por esto. Quiero ver la esquina donde mataron a mi hijo».