27 de mayo de 2013

C. Usón: La hija del Este


Clara Usón: La hija del Este.
Seix Barral, Colección Booket.

 
La hija de Ratko Mladić, el carnicero de los Balcanes, se suicidó en el auge de las Guerras Yugoslavas disparándose en el cráneo con la pistola familiar. Padre e hija mantenían una estrecha relación. Se dice que esta muerte llevó a Mladić al paroxismo bélico que culminaría en la masacre de Srebrenica.

Hubiera querido leer La hija del Este cuando tomaba clases de conducir con Zdravko, un exiliado serbio al que la guerra impidió ser ingeniero. Apresaron a Mladić poco antes de mi primer examen, pero hablar del pasado punzaba: demasiado confuso, demasiado dolor.

La obra de Usón está llena de méritos y nos arrastra a las tripas del conflicto. La fusión humana que Tito impulsó no trajo la armonía deseada: el pasado fue regurgitado en toda su crudeza. La locura étnico-religiosa volvió a prender llama, atizada por el odio y los sueños de grandeza de un puñado de almas que por azar y circunstancias accedió al poder.

«La historia es una legitimación dudosa, falaz», dice Usón. «El nacionalismo es en esencia una paranoia, el resultado de la pérdida de la conciencia individual, el último refugio de los canallas». «¡Qué felices seremos cuando por fin volvamos a estar solos, bailando nuestros bailes y cantando nuestras canciones, sin la compañía contaminante de los otros!».

La hija del Este es una novela profunda y bien armada. Un valioso documento histórico. Y un merecido Premio de la Crítica.

20 de mayo de 2013

J. Fante: Llenos de vida

John Fante: Llenos de vida
Anagrama. Traducción de Antonio-Prometeo Moya.

Llego a John Fante por su hijo Dan, autor de Fante. Un legado de escritura, alcohol y supervivencia (Sajalín editores), aunque fue Bukowski quien lo rescató del olvido en los setenta al aludir a él como su gran influencia literaria, «su dios».

Publicada en 1952 en un Estados Unidos donde se fuma hasta en la sala de partos, Fante narra en Llenos de vida los meses previos al nacimiento de su primogénito. Es su cuarta obra y ninguna ha tenido gran éxito. Tardaría veinticinco años en volver a publicar.

Hacía mucho que no reía con un libro y me sorprende el descubrimiento: el hombre capaz de arruinar una vida en veinte palabras (sic) está dotado, como escritor, de una extraordinaria vis cómica.

Hay diálogos brillantes y alguna imagen de oro: «El pelo húmedo le colgaba como un trapo de fregar», pero sobre todo escenas hilarantes: el viaje en tren y taxi con su padre, la preparación del café, el arranque místico de la esposa, la construcción de una desmedida chimenea.

Del vientre de su mujer dice lo siguiente: «A mí el bulto no me gustaba. Es antiestético». Sin duda hay muchas formas de mirar un embarazo y la perplejidad ante esa deformidad que avanza sin tregua es una de ellas.

«Conté diez dedos en las manos, diez en los pies y un solo pene. La verdad es que un padre no podía pedir más.» Aunque la tragedia familiar aguarda, de momento parece que todo sale bien.

13 de mayo de 2013

M. Duras: Escribir


Marguerite Duras: Escribir.
Tusquets Editores, Fábula. Traducción de Ana Mª Moix.

Solía leer a Duras en periodos de exámenes. Aquella biblioteca con volúmenes al alcance de la mano invitaba a la lectura. Era fácil hallar mesa y devorarlos in situ, sin mediar préstamo alguno. Sus obras, consumidas como sándwiches durante las pausas de estudio, me aportaban bastante más que los apuntes universitarios.

Duras. Portentosa madame de lo escueto que esparce su prosa a dentelladas. Hermana en nombre y casta de otra gran Marguerite, Yourcenar.

Un escritor «es algo extraño, una contradicción, un sinsentido». Cuando se extrae todo de uno mismo todo un libro, se vive una soledad que no se comparte con nadie, una locura que a veces no se ve, sólo se presiente. Escribir es un «delirio personal» que casi nada detiene.

Duras rechaza las obras sin «poso alguno, sin auténtico autor, sin noche». La verdadera escritura se incrusta en el pensamiento y habla del duelo profundo de la vida. Se escribe con la desesperación y desde la duda. «La duda es escribir».

Escribir es enfrentarse a lo desconocido: «antes de escribir no sabemos lo que vamos a escribir». Pero escribir también es callarse, «aullar sin ruido». Atreverse a gritar es aceptar el precio de la soledad.

Silencios lúcidos, venenosos espasmos.

Al terminar, podemos volver a respirar.

4 de mayo de 2013

G. Nettel: El cuerpo en que nací


Guadalupe Nettel: El cuerpo en que nací.
Anagrama.

Bienvenidos al universo Nettel, donde la realidad supera a la ficción o se aproxima a ella. Dolor, recuerdos, rarezas, cuerpo. El cuerpo en que nací, como los últimos versos del poema Song de Ginsberg, es un caudal imparable que penetra en la corriente sanguínea cual jeringa en las venas.

La autora lleva a la práctica un ejercicio autobiográfico «sencillo y corto», un corrido que se expande como nutritivo ungüento. Contar para deshumedecer el silencio, aunque el esfuerzo sólo refuerce el desasosiego (sic).

Ya en Pétalos y otras historias incómodas (Anagrama) Nettel despuntó: en “Transpersiana”, delicioso cuento voyeur y eyaculatorio; en “Bonsái”, fortuito reencuentro con la adorable Midori de Tokio blues y el Sr. Okada de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo; o en “Bezoar”, similar en forma, doctora Sazlavski, a El cuerpo en que nací.

«Me consuelo pensando que toda objetividad es subjetiva», dice la autora. Desde El huésped, objetivamente creo que Nettel ha crecido, sin la menor duda, mucho.