14 de abril de 2017

Andanzas: Don Quijote de Manhattan

Marina Perezagua: Don Quijote de Manhattan (Testamento yankee).
Los libros del lince/Lince Ediciones.


Perezagua nació en Sevilla y vive en Nueva York, escenario de esta historia que transcurre en «la más salvaje selva: Manhattan». En los últimos años ha publicado dos libros de relatos (Criaturas abisales, Leche) y la novela Yoro (premio Sor Juana Inés de la Cruz 2016), todos ellos con Los libros del lince.

Don Quijote y Sancho, emergidos sin que importe cómo en el siglo XXI, transitan por la ciudad de los rascacielos con La Biblia, sus galas antiguas (modernizadas primero, luego reducidas a puros cueros) y el zurrón de ideales que el Caballero de la Triste Figura y su escudero portaban ya en tiempos de Cervantes.


Febreros al cierzo. Caballo Blanco (Pamplona)
La joven Dulcinea la reemplaza Perezagua sabiamente por Marcela, aquella pastora bella y libre del relato cervantino, convertida aquí, en la ciudad donde todo es posible, en la Torre de la Libertad, la más alta de la urbe, la «reina de la hermosura» de la Zona Zero.

Nada resulta impropio en esta novela de cronología rota y simpar, pues en su universo mundo todo se armoniza. «Una buena historia, mi gran Sancho, es como el big bang, donde el universo es la historia, y cada estrella, cada planeta, cada átomo del cuerpo humano, cada piedra están contenidos en un todo desde el comienzo».

La literatura es, ante todo, música, sonoridad (opinión personal). Sin ella, sin encontrar el adecuado ritmo propio, un texto se hunde. Me parece difícil escribir Don Quijote de Manhattan sin un oído curtido, que imagino fruto, en parte, de la formación musical sólida de la autora. Tampoco, sin embargo, puede escribirse esta novela sin atravesar a corazón abierto nuestro desajustado mundo. «Sólo Troya ardió por Helena, ¿y luego? Luego ya ninguna otra persona valió más que el poder sobre las cosas. Cosas, cosas».

Consuegra, provincia de Toledo

Estamos ante una oda al «libro de los libros», ante un disparate muy cierto, de radiante riqueza lingüística, vivo romanticismo y exquisita oralidad. Don Quijote y Sancho hablan como en su siglo de antaño, pero nada desentona y todo resulta creíble dentro del vigoroso narrar. De principio a fin, la sincronía marca el curso del relato. Puro oleaje que vuelca belleza sobre unas páginas tan suaves como el lomo de un equino. 

Solanos de marzo: Castillo de San Servando (Toledo)

Conmueve este Don Quijote. No lo llamaría yo versión sino Don Quijote a secas. Compasión, coraje, imaginación... en la naturaleza de estos personajes no hay otra cosa sino nobleza, aliento incombustible, ingenuidad, bondad. «No te avergüences, Sancho amigo, de quererme como yo te quiero a ti, pues es propio de caballeros tener el corazón encendido, y así como la lluvia no puede apagar el amor, mucho menos podrá apagar la vida del que ama. Ama conmigo, buen Sancho, ama conmigo y viviremos». «¡El amor es vida, Sancho! Y para hablar del amor, hay que crearlo, no recrearlo».

Qué versátil y arrollador talento el que dispersa Perezagua. Mestiza, desraizada, hecha a sí misma libre y otra. «...cuán bello es este mundo, y cuán necesario es que todos podamos entendernos».

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